la sala de espera

No es infrecuente asistir perplejo a la competición que se establece entre los pacientes que acuden a una consulta médica y a la ristra interminable de achaques y dolores con los que pretenden apabullar al interlocutor. Por el contrario, en la sala de espera donde los enfermos de cáncer aguardan la sesión de quimio o radioterapia hay una solidaridad apuntalada día a día, minuto a minuto. Es en una de estas salas donde coinciden Don Antonio, que acompaña a su mujer, a la que tratan de un cáncer de tiroides, y Mustafá, que tiene ocho años y al que acompaña su madre. Son de Nigeria; el padre de Mustafá entró ilegalmente hace cinco años pero consiguió finalmente regularizar su situación. L.S. Lowry - Sala de espera de un médico (1920)

A Don Antonio, un hombre cabal y de orden que regentaba hasta su jubilación la sastrería que heredó de su padre, los inmigrantes no le gustan ni pizca. Cree que son sucios, que mienten y roban y que no se adaptan a nuestras costumbres ni respetan nuestras normas. En definitiva, que habría que encontrar el modo de echarlos. Don Antonio no entiende de política, no es ni de derechas ni de izquierdas, no es ni rico ni pobre, clase media; un ciudadano honrado que ha trabajado toda su vida.

Cuando llega por las mañanas al hospital y su mujer lo deja solo para prepararse para la sesión, él espera la llegada de Mustafá y cuando el niño negro inmigrante aparece lo saluda con afecto y se ponen los dos a jugar a fútbol con una pelota de trapo en mitad de la sala.

Otras veces, si Mustafá está muy cansado por la enfermedad o el tratamiento, Don Antonio lo sienta a su lado y le lee uno de los cuentos que en la sala hay para que jueguen los niños enfermos.

En aquellos breves instantes en la salita del hospital, son un viejo sano y un niño enfermo unidos por la misma hora, las 10:10.

Al marcharse todos los días, invariablemente el hombre viejo acaricia el pelo rizado del niño negro.

Esta mañana los miembros de un partido xenófobo han solicitado a Don Antonio su firma en un documento donde se insta al gobierno la expulsión de todos los inmigrantes. Don Antonio, que hace tres meses enterró a su mujer, está triste y apocado y les ha dado unas excusas murmuradas de manera inteligible. La realidad es otra bien distinta: esta mañana ha acudido al entierro de Mustafá, ha visto a toda su familia y amigos. Todo muerto necesita cerca sus vivos, como todo vivo necesita saber donde descansan sus muertos.

Al regresar del cementerio se ha permitido la única tropelía de su vida: ha ido directamente al hospital, ha robado la pelota de trapo y con ella se propone jugar cada mañana a las 10:10.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Ilustración: L.S. Lowry, “Sala de espera de un médico” (1920)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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