Las navidades más tristes

Cada vez que los adornos navideños engalanan las calles de la ciudad a la familia de Ramiro se le encoge el alma. La intermitencia de las luces establece un péndulo titubeante entre el deseo de olvidar y la amargura de recordar. La primera desgracia, el despido del patriarca de la fábrica donde sepultó prácticamente toda su vida –treinta y cuatro años- justamente la víspera de Navidad, parecía calcada de la canción de Sixto Rodríguez. Al entrar en la casa, Ramiro padre sostenía en la mano izquierda el lote navideño del trabajo –“hombre, una cosa no quita la otra” le dijo el jefe- y en la mano derecha la carta de despido y la promesa vaga de abonar a plazos la indemnización. Al lote pudieron hincarle el diente pero la indemnización se perdió en los vericuetos de acuerdos incumplidos y plazos de caducidad que el abogado del sindicato –un joven voluntarioso e inexperto- le explicó con todo lujo de detalles pero que no evitaron se le pusiera a Ramiro padre una cara que oscilaba entre la indignación y la estupefacción. Cara de gilipollas, en otras palabras.
József Rippl-Rónai - Navidad

Pero como las desgracias nunca vienen solas y en cumplimiento de la Ley de Murphy todo lo que es susceptible de empeorar empeora, hubo una segunda y definitiva desgracia. Aquel automóvil iba demasiado rápido, el conductor demasiado bebido, el suelo muy mojado y Ramiro hijo la primera vez que desobedecía. Un cúmulo de circunstancias adversas que desembocaron en un atestado de tráfico, un entierro el día después de Reyes e infinidad de regalos que no fueron nunca desenvueltos. Es incalculable la cantidad de juguetes que un niño de tres años puede atesorar; los paquetes quedaron absurdamente dispuestos alrededor del árbol hasta que alguien, de manera callada, a hurtadillas para no ahondar en el dolor, con el ticket de la compra los canjeo en los grandes almacenes donde habían sido adquiridos semanas atrás.

En las reuniones familiares que Ramiro padre intenta evitar, es imposible eludir cruzar una mirada con su hija Elvira, la madre de Ramiro hijo. Un sentimiento de culpa y de tristeza invade la estancia; es una pena punzante que sumerge a Ramiro padre en una desazón al rememorar al niño desasirse de su mano y correr al encuentro de la muerte.

Ramiro padre encontró trabajo seis meses después de aquellas navidades –una verdadera suerte con más de cincuenta años- pero ninguna de las navidades siguientes le ha devuelto ni a Ramiro nieto ni el apetito suficiente para comer turrón o, simplemente, entonar un villancico con el resto de sus nietos.

Autor: Javier Solé, diciembre 2013

Ilustración: József Rippl-Rónai, “Navidad”

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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