Dos poemas del barrio de Bellvitge

MUJERES CONVERSANDO DURANTE HORAS

angel palomar - bellvitge

Dos mujeres
de edad avanzada
en mitad de la plaza
conversan durante horas
como estatuas quietas.

Hablan de sus penalidades,
de los hombres borrachos
que sólo les dieron
golpes y disgustos,
balbuceando toscas palabras de amor
en sesiones de sexo
mitad rápido mitad triste
y que murieron sin gloria y con pena
de cirrosis o cualquier otra enfermedad de pobres
con el alma emponzoñada
y el cuerpo carcomido.

Mujeres que visitan la tumba de sus maridos
cada noviembre
y les llevan una copita de coñac
porque saben que el relente
de la mañana en el altozano
donde se asienta el camposanto
es tan jodido y cala en los huesos
como aquellas jornadas de madrugada
esperando el autobús junto a Godot
para acudir al tajo,
a la mierda de trabajo
donde dilapidar la vida
sin ni siquiera cruzarse un instante breve con la felicidad.

Unas horas más tarde
las viudas regresarán
al hogar
donde viven solas
darán la merienda a los nietos
que serán recogidos a la noche
por la hija o el yerno
cuando vuelvan de pedir empleo en la fábrica.

Cenarán los restos del mediodía
-desde la infancia conocen el precio de la comida-
se acostarán en la cama vacía,
con las sábanas frías
dormirán pensando en el pasado
más que nada por el miedo que le tienen al futuro.

Autor: Javier Solé

Fotografía del artista Ángel Palomar, año 2013. El autor explica que “ hasta que no inicié su revelado en casa no me fijé en que, a pesar de ser una larga exposición, las dos señoras del centro permanecieron quietas durante toda la toma. El resto de personas borrosas por su movimiento y ellas quietas y perfectamente enfocadas.”

Del libro de poemas “La casa del silencio” (ISBN 978-84-9095-522-2)

MAÑANA DE DICIEMBRE EN BELLVITGE

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“Sólo me interesa la historia
que se agacha y recoge del suelo
una colilla de cigarro y se la guarda”

(Ana Pérez Cañamares, fragmento del poema “Contar una historia es fácil”)

Desde este asiento de platea,
en el cementerio
donde habitan los vivos
con el ruido de los coches
que persiguen playas cercenadas por las algas,
alimento de hastío la mañana,
hablo con el empleado de la municipalidad
que empuja las hojas caídas
sin ilusión,
veo al interventor del banco principal
salir con prisas a desayunar
mi vecina no paga los alimentos
en la tienda de delicatesen donde
los gourmets del suburbio rebautizan lo perecedero.

Una vieja que no conoce a Diógenes
recicla un transistor
que le permita
escuchar en su casa sin luces
el anuncio del gobierno
finiquitando la indigencia,
revalorizando las pensiones.

Autor: Javier Solé

Del poemario “El cementerio que habitan los vivos” (ISBN 978-84-9076-351-3)

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