lumbalgia, ioga y París

“Un día triste
comprendes
roto
y desolado
que la vida
se te cae
a pedazos
por todas partes”

(Toro Salvaje, poema “Desmoronamiento”)

Escribo esto desde el dolor y el pórtico de la vejez, en la madrugada de un martes que estrena diciembre en el calendario. Este fin de semana tenía varios planes que la lumbalgia me ha obligado a cancelar. Ni los recitales poéticos de unos amigos ni la visita al cementerio. Sólo la impotencia de saberse inútil, de sentirse gastado, de descubrirse solo.

El dolor era tan intenso que he tardado más de media hora para alzarme de la cama: recorría los pasillos de esta casa torpemente, apoyado en las paredes, con el teléfono móvil en el bolsillo del pijama y vigilando de manera obsesiva el nivel de carga de la batería. Estaba solo en esta casa fría donde la calefacción pierde agua por los radiadores. Esther en París desde el viernes en un largo fin de semana de baile organizado con tanta ilusión y desde hace tanto tiempo que ni los atentados terroristas de noviembre lo han desbaratado. Conseguí regresar del aeropuerto sin pensar en Laia y lo mucho que hubiera disfrutado de ese viaje, con su hermana y sus amigos. Maribel en sus maratonianas sesiones de ioga, sábado y domingo.

Gracias a una enfermera simpática cuyo nombre desconozco y a los dos cachetes que me ha propinado en el culo para administrarme la inyección prescrita por el médico de urgencias he iniciado la recuperación.

Durante estas horas de impotencia, dolor y soledad me ha sido imposible sustraerme a dos imágenes pretéritas; una, los esfuerzos titánicos de mi madre enferma por levantarse y caminar, a trompicones, y las horas de angustia y desolación con las que debió enfrentarse los últimos años de su vida, con las visitas esporádicas de los hijos y las miradas severas de las nueras. Sentada horas y horas, sin cambiar ni de canal la televisión ni de posición el cuerpo, con los crucigramas inacabados. La otra, aterradora, surge al evocar, con cada movimiento precavido adosado a la pared del pasillo, los últimos desplazamientos de Laia por una habitación minúscula o el miedo en su rostro y en el nuestro la primera vez que nos pidió ayuda para caminar. No he conseguido nunca borrar la hospitalización de Laia, siempre reaparece cuando reconstruyo un momento de felicidad de su vida.

Junto a Maribel, en la sala de urgencias del mismo hospital donde nacieron nuestras dos hijas, el silencio era una forma de comunicación -insuficiente- entre nosotros.

Ayer tarde,  lunes, miraba las fotografías de Esther en París y evitaba imaginarme entre el grupo a Laia, sólo quería disfrutar con la sonrisa de su hermana. Reír con los gorros invernales que alguna abuela ha tejido para estos bailarines veinteañeros. Creo haberlo conseguido, siquiera parcialmente.

También la calefacción vuelve a funcionar sin perder presión el agua. El piso está caliente y confío haber encontrado un momentáneo equilibrio entre el dolor del cuerpo y la tristeza del alma.

Queda pendiente el cementerio. Y hacerse fuerte ante la aterradora soledad que ha llegado hasta el quicio de la puerta.

Autor: Javier Solé, diciembre 2015

Ilustración de Emma Cano

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