Poemas de Begoña Abad (IV): mujer poeta

Bienaventurados los que se levantan
con un poema en la mano.

Tengo un ego que atender cada mañanaGary-Nikolai Angelov - Гари Николай Ангелов - 12
y hoy no ha faltado a su cita.
Lloriquea porque a él alguien no le hizo algo
o quizás porque alguien le hizo demasiado.
Porque no fue visto, aplaudido, no salió en la foto
a él no le dijeron justo lo que él mismo
había imaginado que le dirían
porque él esperaba y no llegó, ese reconocimiento.
Tengo un ego como castigo, viene de serie,
me espanta los mejores momentos
cada vez que se interpone en el descubrimiento
de lo que soy y él no alcanza ni a sospechar.

Ilustración de Gary-Nikolai Angelov

Jarek Puczel - 06

Si algún día vienes a mi vida,
tendré que explicarte que eres una diosa.
Que nadie tiene derecho a olvidarlo.
que nadie tiene permiso
para tratarte como otra cosa.
Te enseñarán a leer, a escribir.
Aprenderás a contar, a manejar los cubiertos,
a vestirte, a caminar,
pero todo deberás hacerlo
sin olvidar que eres una diosa única,
irrepetible, valiosa
y que sólo saber eso te hace libre.
No necesitas sino de ti, para aprenderlo,
pero yo te lo repetiré cada noche
para que no lo olvides,
porque quizás un día
un príncipe azul te quiera para él
y entonces tendrás que saber
que los príncipes azules no existen
y que las diosas no tienen dueño.

Ilustración de Jarek PuczelAldo Balding - 04

La barra del bar a la hora del desayuno.
Esto es peor que lo del algodón, dice el camarero castizo
a una africana que sirve a destajo cafés con porras.
La asiática que pone el friegaplatos no comprende,
a ella habría que hablarle de los cuartos oscuros
con vaqueros de marca a precio de esclavos.

Ilustración de Aldo Balding

Orozco - la violación

En medio de un suelo desnudo,
bajo un árbol quemado por la pólvora,
sin cielo que mirar, sometida por todos,
un uniforme, otro más, le sujetó las piernas
y le impuso sus armas
como una condecoración del diablo.
Ella no cerró los ojos porque quería ver,
más allá del rostro del violento,
un atisbo de razón que llevarse a la sangre
que se escapaba a chorros de su desgarro.
Y no se quebró ni un solo día después de aquel.
Como chopo, se mantuvo erguida
y dejó pasar el tiempo exacto.
De nuevo en medio de un suelo desnudo,
bajo el árbol quemado por la pólvora,
sin cielo que mirar, abrió sus piernas
y el vientre gritó un hijo envuelto con su sangre.
No hubo lamentos, de nuevo la mirada
mirando más adentro.
Acunó en sus brazos
el desaliento y el dolor hasta dormirlos,
amamantó la esperanza
y buscó una ladera florida de su existencia
para plantar otro árbol de la vida,
con nombre de hijo
y al hijo lo llamó olivo.

para intentar darle larga vida,
y sujetarlo muchos años.

Ilustración: Orozco, “la violación”

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