El restaurante popular del barrio obrero

Entre las promesas incumplidas con las que debo sobrevivir evitando que el remordimiento se superponga a la pena hay uno especialmente doloroso. Yo había comprometido con Laia una comida de menú los dos solos en un popular restaurante del barrio obrero donde vivimos.

Con anterioridad yo había celebrado con mi hija mayor, Esther, las notas –espléndidas- del primer año en el Instituto. En aquella ocasión Laia todavía iba a otra escuela donde comía al mediodía por lo que organizar esta celebración con Esther tenía un encaje idóneo en la organización doméstica.

Ernest Descals - restauranteEsther revivía siempre aquel menú con el dueño del restaurante vociferando los platos, apalizando verbalmente a su hijo camarero, discutiendo con ferocidad con los clientes como si se tratara de una taberna medieval, tirando migas de pan a los comensales…

Cuando al año siguiente Laia acabó con iguales notas –espléndidas- su primer año en el Instituto aquella comida se aplazó. Tal vez por no decirle a Esther que comiera sola en casa o fuera con su abuela y sabiendo que si íbamos los tres no era exactamente lo mismo. El caso es que durante año largo –acabó segundo, empezó tercero- he demorado inconsciente cumplir con una ilusión inmensa de mi hija que tenía un coste ridículo, apenas veinte euros.

Ahora que esa promesa no podrá realizarse, a la tristeza de la vida hurtada de Laia se añade el agobio de pensar que tal vez pensó que no le di el mismo trato que a su hermana, que las traté de forma desigual, que las notas de su hermana mayor eran un pelín mejores. Este año que Laia esperaba resignada que su padre encontrara el momento idóneo de ir solos a comer al restaurante popular del barrio obrero donde vivimos, yo he seguido asistiendo a opíparas comilonas con Albert, con Papitu y Toni Camacho y con Estrada. El dueño del restaurante cada vez nos agasaja más, nos proporciona raciones abundantes y chupitos en la terraza. Todo incluido en un menú cerrado de diez euros; una auténtica ganga.

2007 (07) Piera 08Me he hecho otra promesa que espero cumplir. No acudiré a ese bar. Se lo he dicho a Albert y lo entiende, dice que ya buscaremos otro. Que bares hay a montones. Tampoco tengo el cuerpo para mucha juerga, esa es la verdad.

Llevo ya tres meses sin acudir al bar; sonrío confiado de esta hazaña. Mantener la promesa es una forma peculiar de fidelidad a mi hija. El otro día me crucé con el dueño del bar y me lanzó una mirada reprobatoria. Debe pensar soy un desagradecido, con lo mucho que él ha hecho por agasajarme.

A mí me da igual. Yo con la vista fija en una sola idea; esta vez prometo no fallarte, hija.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Del libro “Bombyx mori” (ISBN 978-84-9095-196-5)

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6 comments on “El restaurante popular del barrio obrero

  1. Javier, ponte en el lugar de Laia. Es fácil: eres una de las tres personas que mejor que la conocía en el mundo. Y ahora piensa, piensa, pero que no piense tu dolor, ni tu remordimiento, no. Trata de pensar con objetividad. Ponte, de verdad, en la cabeza de Laia. No te costará mucho, la verdad.

    Y ahora trata de responderte: al margen de que creas que le pudiste fallar (y si ella lo pensara así, muy probablemente tras todo lo que sucedió después, o se le olvidó el asunto de la invitación, o simplemente le otorgó la importancia que realmente tenía: ninguna), ¿de verdad crees que Laia se sentiría satisfecha si supiera que estás dejando de acudir a ese restaurante a modo de expiación? ¿O más bien se sentiría especialmente mal, quizá incluso culpable, por haberte ocasionado, no sólo la tristeza que aún te/os embarga, sino también por ser la causa de que no puedas volver a disfrutar de ese lugar al que tanto te gustaba acudir?

    Piénsalo fríamente: ¿qué haría más feliz a Laia? ¿Que le rindieras tributo con dolor y culpa, o bien que disfrutaras celebrando su memoria? Porque mira… yo también soy hija, y si a mí me hubiera ocurrido lo que a Laia, y mi padre actuara como tú, me entrarían muchas ganas de decirle: déjate de burradas, lo que tienes que hacer es volver a ir allá a comer, pero no una vez, sino un ciento, con mi hermana y con mi madre. Y con tus amigos. Así que Javier: déjate de rectitudes. Porque seguro que a Laia, como a ti, y como a mí, también le gustaban las personas curvas. Así que olvida las decisiones rectas que sin duda ella desaprobaría.

    • Después de tanto tiempo es un gustazo tener noticias tuyas y agradezco ese estirón de orejas. Aunque hay algunas cosas que precisar; el relato está escrito antes de transcurridos tres meses por lo que el sentimiento que lo domina es lógico que sea el remordimiento (tan inútil pero tan de ETPC). En el relato se distinguen dos cuestiones: la tristeza al revivir lo que no se hizo (que es real y auténtica) y la convicción no de rendir tributo a Laia sino algo como una inconcreta pero poderosa fidelidad que, por otra parte, cuesta bien poco. No se propone dejar de comer, simplemente no ir al lugar al que debería haber ido con ella. Y ahí hay un sentimiento real pero “forzado”, no en vano es un relato. Muchas de las cosas no las hacemos por los demás, las hacemos por nosotros mismos. No es dejar de comer en ese restaurante un gran sacrificio, pero constituye un gesto interior que establece un vínculo con ella. Necesito pequeños gestos -llevar siempre que recito en público la camiseta de su grupo, por ejemplo- para alimentar con alguna intensidad su recuerdo que, por otra parte, el tiempo de forma muy lenta pero insidiosa, empieza a desvanecer. Gracias, de todos modos, por la crítica y el cariño con el que la formulas.

      • Todo cuanto indicas ya lo imaginaba. Pero de todas maneras creía que debía responderte, por mucho que supiese que ibas a contestarme en los términos en los que lo has hecho. Y me alegro de que haya sido así.
        Y por cierto, Javier: qué hay que hacer para conseguir tus libros si no se tiene féisbu. Ya sé que somos una especie en extinción, pero también tenemos derecho a la vida…

      • Podemos si quieres quedar una tarde por el barrio, no hay muchas terrazas a Rambla Guipúzcoa pero alguna encontraremos.

        Precisamente los inquilinos del piso se van en la primera quincena del mes de julio y tendré que ir por ahí…

        Bueno, si sigues en el barrio…

        Javier

        El 26 de junio de 2015, 9:47, Fragments de vida escribió:

        >

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