el lote navideño de mi empresa

Cuando al filo de la medianoche suena el teléfono nunca da buenas noticias. Aquel viernes del mes de diciembre no iba a ser la excepción que confirma la regla.

Fernando López ha muerto, de repente, esta noche. Fue ésa una noche larga…y triste. También patéticamente divertida.

Fernando, madrileño, era hijo de un republicano exiliado en Francia. No fue ejemplo de integración en Catalunya: en su casa la televisión autonómica no estaba sintonizada y abonaba un palco en el Bernabéu al que nunca asistió. La única concesión a esta tierra que le acogió fue casarse con la pubilla de una familia del Maresme.

A Fernando la muerte le reclamo –o él salió a su encuentro- con el resguardo de la solicitud de la jubilación en el bolsillo del pantalón. Hay quien cree que fue un suicidio por lo bien dispuestos que estaban todos los papeles importantes y otros han sospechado desde esa misma noche que la tardía asistencia al infartado, imputable a la lentitud de la pubilla en solicitar ayuda, constituye indicio de homicidio.

cesta-navidad1Yo sólo recuerdo de aquella noche a todos los que en la salita principal hacíamos compañía al muerto y a su viuda. Tres compañeros de trabaja: Albert, Quim y yo. Y Conchita, la mujer de Quim.

Mientras en el televisor sintonizábamos un canal en abierto de cine porno nos comíamos los polvorones del lote navideño que aquella mañana Fernando había recogido en la oficina. Sin sonido, para que los gritos orgásmicos no acallarán el llanto entrecortado de la viuda ni despertará al muerto; cuando el joven protagonista eyaculo abrimos dos barras de turrón y pusimos el cava en el frigorífico.

Habrá quien piense que es insensible o irrespetuoso comerse los polvorones del dueño de la casa y ver películas pornográficas con el muerto en la habitación contigua pero lo verdaderamente obsceno aconteció la mañana siguiente cuando el jefe de la oficina de Barcelona apareció mudado, aseado y descansado y telefoneó al consejero delegado de la empresa donde Fernando había trabajado más de treinta años y el jefazo dijo aquello de: “Fernando muerto, ¿qué Fernando?”

Poco después los operarios de la funeraria iniciaron el protocolo. Fernando se marchó en una mortaja negra.

En el funeral su hermano venido de Francia vestía orgulloso la chaqueta de cuero de Fernando. Hacía frío y llovía aquella mañana de diciembre. El mismo frío intenso y la misma desolación que en el campo de refugiados de Argèles donde los dos hermanos se abrazaban para aplacar el frío y calmar el hambre. Seguramente fue entonces, cincuenta años antes, cuando Fernando enterró con su padre su propia vida.

También recuerdo que poco después de abandonar los de la funeraria el piso con el cadáver, la viuda nos pidió que al marchar le dejáramos el canal autonómico sintonizado. Albert lo hizo con una mano, en la otra la primera copa de cava.

Autor: Javier Solé

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

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2 comments on “el lote navideño de mi empresa

  1. Joder! un poco macabra si que es la situación, amigo Francisco Javier. Me gusta como has plasmado esa ironía sobre la merte a la que muchos de doble moral les asusta. Un abrazo.

    • Antonio es ciertamente macabra pero totalmente real. No he inventado absolutamente nada, sólo he reproducido con algo de humor lo sucedido. Morimos solos aunque velen el cuerpo cientos de conocidos.

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