los regalos de Navidad

Ando verdaderamente molesto con los regalos de Navidad que debo comprar y cuya lista no consigo completar.
Tricia Reilly-Matthews - 02Con esto de las fiestas y los regalos el ser humano atraviesa distintas fases; entusiasmado en la niñez, más tarde sólo ilusionado para, posteriormente, acabar preocupado y ahora molesto. Es cierto que el billar de Gaspar fue todo un detalle y que Baltasar hizo un dispendio con el garaje de tres plantas. Melchor estuvo siempre de morros y malbaratando su prestigio con reproches que un niño pobre de la Verneda no aceptaría de buen grado nunca. Si soy republicano es por la tacañería del rey blanco…

Como soy catalán a veces cuando me rememoro los juguetes de mi infancia no puedo dejar de calcular los enormes e inauditos sacrificios que mis padres hicieron incluso cuando sólo compraban carbón dulce y cigarrillos de chocolate… Ahora ya no puedo darles las gracias, sólo mandarles un beso…

Este asunto empieza a torcerse cuando en una vuelta de tuerca de modernidad auspiciada por el capitalismo adoptamos al gordo de Finlandia sin decapitar ni a uno ni a tres de los Reyes. Más regalos, la mayoría meras ofrendas protocolarias a sobrinos ingratos o cuñadas que dejaron de serlo.

El vermouth en casa de los suegros con la obscenidad de miles de paquetes que se despedazan en milésimas. Toda la noche en la Gran Vía para encontrar los patitos cuac-cuac, o el caballo de madera absurdamente escondido días y días en un armario donde los paquetes se amontonan como en un camarote de los hermanos Marx.

Afortunadamente, queda en el recuerdo la imagen de la Laia que desgarra el envoltorio con la ilusión intacta de quien agradecería con una sonrisa la más menuda de las ofrendas.

Y las visitas a mi madre enferma fingiendo una alegría que ha desaparecido ya de los rostros para desenvolver unos regalos pactados, unos juguetes anunciados. No consigo ahora recordar el último regalo que le hice aunque todavía conservo el reloj en el que gastó sus ahorros. Y escribo con la estilográfica que compró me temo que a plazos.

Si no me viene pronto la inspiración o me vuelve la ilusión romperé esta lista inacabada pues el mejor regalo es el que en una simple caja de zapatos contiene besos de colores y no estoy por la labor de malgastar tiempo en regalos que al día siguiente serán canjeados bien por equivocarme en la talla, no gustarle el color o, sencillamente, preferir ella comprarse otra cosa.

Ilustración de Tricia Reilly-Matthews

Autor: Javier Solé

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

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