relojes detenidos en el tiempo

En el cajón de la mesita, junto a la cama, conviven objetos condenados a una existencia bajo un féretro del que sólo algunas tardes abúlicas de domingo son momentáneamente rescatados.
Dali - cama y dos mesillas de noche que atacan ferozmente a un violonchelo (1983)

En este reducido espacio fraternizan los preservativos de sabores, los de sensibilidad máxima y los que aseguran gran confort junto a agendas olvidadas, joyas devaluadas y carnets de lugares cerrados; el del videoclub acuciado por las descargas y con la misma angustia que atenazó antes la sala de cine del barrio o el del sindicato con el que las discrepancias fueron a mayores o el carnet de la biblioteca pública que por insuficiencia presupuestaria dejó a los lectores con la novela inconclusa.

Y los relojes, todos los relojes que un día funcionaron. Todos detenidos en el tiempo. El de mi padre que fue de su padre y que le dio el suyo, atesorado por varias generaciones y que señala el envejecimiento del apellido. El que mi hermano me compró en Andorra y duró lo que dura la pila y expiró justo con la caducidad de la garantía pero que aún de plástico recuerda el cariño filial pese a los golpes de las peleas de la infancia. Los dos que me regaló mi mujer (o es muy generosa o poco original) el primero a mi gusto, el segundo a ella le gusta más. O también, el que mi madre con su menguada pensión grabó con mi nombre en un bochornoso oro que me obliga a aparentar lo que nunca fui ni quise ser.

Y con las dos manos temblorosas hago girar las manecillas muertas de cada uno de estos inútiles relojes hasta la hora exacta que deben preservar; el de la herencia cuando gané por primera vez a mi padre al ping-pong, el de mi hermano señalará la hora que entraba Jorge en quirófano y temía perderlo, las dos de Maribel con la hora del alumbramiento de la Esther y la Laia y, finalmente, el de mi madre, con las manecillas señalando la hora exacta de su muerte en la sala de urgencias de un hospital.

Todo esta orfebrería del tiempo para que los viejos relojes del cajón de la mesita junto a la cama no den con la jubilación por finalizada su función y puedan recordar cada uno de los momentos que no quiero que el Alzheimer que me amenaza pueda devorar.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Dali, “cama y dos mesillas de noche que atacan ferozmente a un violonchelo” (1983)

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

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