Talleres literarios. Dos relatos breves.

Una propuesta donde ambos relatos transcurren en un taller literario y que tienen el amor, la soledad y la incomunicación como epicentro de la historia.

La muñeca y el actor

VLADIMIR FEDOT - 11Es altamente probable que aquella muñeca que permanece dormida detrás de Dani esperé la finalización de este taller de interpretación para escapar del pequeño espacio en el que se esconde y salir a la calle, en pleno barrio de la Ribera, a buscar comida y compañía. Si la miro fijamente mientras el profesor parlotea sin cesar, forzando juntar palabras cuya conexión venerarían los surrealistas, creo descubrir que no está dormida, sino muerta. Alguien de nosotros, de los diez que aquí estamos -los nueve alumnos y el profesor- ha podido perfectamente acabar con la muñeca que no duerme, sino vive muerta. Seguramente el asesino actuó antes de empezar el taller; yo no he sido, recuerdo perfectamente fui el último en llegar, ya estaban todos aquí, sentados.  Me ha dicho Begoña en un susurro inaudible que Dani estaba en el local desde primera hora de la tarde… seguramente ha sido él quien la ha estrangulado.

No, joder!. Está viva. Me ha guiñado el ojo.

Intentaré de manera sutil y silenciosa ser el último en abandonar el local al finalizar la clase.

Autor: Javier Solé, octubre 2014

Fotografía de Vladimir Fedot

 

TALLER DE POESÍA

El taller de poesía tenía cierto nivel, los alumnos acudían, año tras año, sabiendo que el profesor que lo impartía era un hombre con talento sobrado para conseguir ese nivel entre una mayoría suficiente, y que era un exquisito de la literatura que tenía la cualidad, sin embargo, de descender peldaños, los suficientes para no intimidar a los aficionados y sacar, de cada uno de ellos, algo valioso en el esfuerzo que hacían para componer sus poemas.

Desde el primer día de aquel nuevo curso hubo algo diferente que nunca hubiera sospechado iba a ser más ocasión de aprender que de enseñar.

En la primera fila, con aire tímido pero decidido, se sentaba una mujer de edad más que madura, calculó que podría ser su madre y él rondaba los cuarenta. Siendo esto ya inusual en los años que llevaba impartiendo los cursos, lo era aún más el aspecto de la mujer. Se sintió confuso. Vestía con sencillez, se notaba que no había perdido mucho tiempo en acomodar colores y estilos. Sus manos no parecían habituadas a manejar precisamente pluma y papel, estaban enrojecidas, agrietadas y las uñas algo astilladas en algunos de sus dedos. Con ellas sujetaba un bloc de espiral con papel cuadriculado y un “bic”, que parecía demasiado prosaico para alguien con pretensiones poéticas. No tenía esquemas en los que encuadrarla y sintió una mezcla de temor e irritación. Temía que la mujer pretendiera de él más de lo que a simple vista iba a ser capaz de conseguir de su nivel y le irritaba, como siempre, tener esa dura tarea de desencantar a los aficionados a poetas, que no tuvieran posibilidades de lograrlo. Al fin y al cabo, uno es libre de pretender metas, pero eso no supone que se les deba dar alas si su predisposición es nula, solía decir.
Comenzó el nuevo curso con ese desasosiego que intentó olvidar, pero cada día que pasaba observaba con cuánta atención seguía las clases aquella mujer. No intervenía, sólo escuchaba poemas y los comentarios que seguían a propósito de su contenido y su forma.

sylwia-makris11A mitad de curso la irritación y el temor habían desaparecido y ahora sentía una enorme curiosidad que ningún alumno había despertado nunca en él.

Una tarde, al salir del aula, aceleró el paso para conseguir alcanzarla, se puso a su lado y saludó con aire de normalidad. Entabló una conversación trivial hasta que fue llevando a la mujer a su terreno.

“¿Cómo lleva usted el curso? Quizás se le haga pesado, aunque por otra parte sigue asistiendo puntualmente como la más voluntariosa de mis alumnos, no falla nunca. Sabe, a veces me he preguntado si estaré cumpliendo bien mi tarea para cubrir las expectativas que usted traía, en realidad no sé por qué se decidió a venir a este curso sobre poesía…”

La mujer se paró, le miró algo confusa por la larga pregunta, bajó un poco los ojos y sonriendo contestó con un hilo de voz:

“Verá, yo no había escuchado ni leído nunca poesías, no tuve oportunidad, pero he descubierto que mi hijo escribe poemas, aunque no me lo ha dicho, y sabe usted, sólo pensé que si aprendía ese lenguaje, podría comprenderle, saber lo que siente pero no sabe cómo explicarme”.

Aquella fue la lección de poesía más hermosa que él jamás sería capaz de impartir.

Autor: Begoña Abad

Relato que se incluye en “Cuentos detrás de la puerta” (Pregunta Ediciones, 2013)

Fotografía de Sylwia Makris

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