la Ignacia y el Justo

Ahora lo único que recuerdo de mis vecinos del piso de arriba son las manchas de humedad que se formaron en el techo de mi casa cuando una tarde su piso ardió; también el crujir de los muebles al caer. Aquella noche todos –ellos y nosotros- dormimos en el comedor de nuestra casa, con la mirada fija en las fantasmales formas que los bomberos habían esculpido en el techo y que se me antojaban la Capilla Sixtina de la Verneda.

Alexandre Antigna - El Fuego (1850)Pero antes de este episodio que conmocionó la escalera y resquebrajó la relación con mi padres, los vecinos del piso de arriba habían sido una pareja de vascos con los que hubo mucho trato.

Ignacia, ´ñaña” en mi terminología infantil, era una mujer resolutiva, algo listilla y marimandona. Mi madre siempre estaba enfadada con la Ignacia pues cuando venía a casa a ver la tele ella elegía el canal y cuando nosotros subíamos a su piso a ver la tele ella seguía eligiendo el canal. Sepa el lector joven que por aquel entonces no había mando a distancia y analice el lector mayor lo absurdo de una disputa cuando sólo emitían dos canales y no a jornada completa. También objetaba mi madre que las croquetas le quedaba mejor a ella y que la comida preparada por la Ignacia estaba muy cocida, casi quemada, pero esa observación estaba cargada de la mala uva que se gastaba mi madre y lo decía más que nada para recordar lo del incendio.

Justo era un republicano vasco amigo de Durruti con unas manos prodigiosas para tallar madera o esculpir el yeso. Un artista represaliado por el régimen que acabo de orfebre en el taller de su propio hijo, un joyero que supo lidiar el toro de la derecha y ora del franquismo ora de la democracia vivió siempre enriquecido, nunca pobre.

Justo me regalo una figura de yeso, un angelito que tocaba el piano. Yo lo tenía en mi escritorio, incluso mucho después de que en una mala caída se descabezará y fuera el angelito intervenido de urgencia con pegamento.

Lo cierto es que por aquella época el piso del Justo y la Ignacia se llenó de angelitos pianistas de distintos colores. Todos en fila, alineados y expectantes.

La cantidad de angelitos pianistas en el piso de los vecinos es todavía un misterio. Es probable que aceptará un pedido de la parroquia pero la contradicción con la trayectoria de un artista manifiestamente anarquista es insondable.

O no. Seguramente perder la guerra es eso; que el cura de tu parroquia te pida angelitos de colores y que tú, ateo practicante, no te veas con fuerzas para rechazar el pedido.

Aunque bien mirado no es tan raro. Los artistas tienen estas boutades. Y, además, con los años he descubierto que no es tan relevante lo que somos como lo que sentimos.

Por eso, ahora lamento no haber conservado aquella figurita, aquel angelito descabezado que a buen seguro por las noches organiza conciertos de música sacra a los que asiste Durruti y su amigo Justo mientras Ignacia se contonea desnuda con una bandeja de croquetas.

No quiero darme prisa por verlos pero tampoco me quiero quedar sin croquetas.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Alexandre Antigna, “El Fuego” (1850)

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

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