la infancia (12): recuerdos de la escuela

Un microrelato que bien pudiera titularse “CON EL CULO AL AIRE” de Kiko Nuez:

Albert Anker -  Schreibender Knabe (1883)“A la hora del recreo, que no era ninguna hora concreta, sino cuando a la maestra le venía bien, nos sacaban a un patio de tierra donde estaban distribuidos los orinales con la precisa geometría de un tablero de ajedrez. Los peones, vestidos con blusones, ocupábamos nuestros puestos por orden de estatura con independencia del estado de los intestinos. Si tenías ganas, era la hora precisa de aliviarse, en caso contrario te tocaba permanecer sentado sobre el círculo de hierro con el rictus heroico de una estatua ecuestre, que era una cosa heroica y única precisamente por no haber otra oportunidad durante el resto de la mañana. En un silencio sonoro, se iniciaba el orfeón de las berzas a medio digerir en el patético resoplar de las tripas, que se remataba con una percusión parecida al sonido del granizo sobre los tejados de zinc. La maestra, finalizado el tiempo predispuesto, repartía trozos de papel de aspereza idéntica a la de su carácter. Limpios y como un desfile de tropa, paseábamos el orinal hasta el otro extremo del patio donde un tonel hacía las veces de fosa común del fruto de nuestro vientre. Los pobres enseguida perdemos la intimidad. La ceremonia finalizaba enjuagando la bacinilla en el grifo de las melancolías. Luego nos refugiábamos en el griterío de los juegos, a lo mejor, para olvidar la privacidad sustraída.”

Ilustración: Albert Anker, “Schreibender Knabe” (1883)

Una temporada en el infierno…

Al final de la infancia —tenía doce años—,
estuve interno en uno de aquellos terroríficos
colegios religiosos de la época. Era
inhóspita y muy fría la ciudad en que alzaba
ese centro sus muros carcelarios. Tras ellos,
pasé yo un curso entero, solo, desesperado,
entre dómines crueles y extraños condiscípulos.
Me acuerdo, más que nada, del larguísimo invierno:
nieve triste que cae sobre unos patios tristes,pillautlt - 03
humedad minuciosa que hasta los huesos cala.
Sufrí allí lo indecible. El corazón de un niño
puede albergar a veces todo el dolor del mundo.
Pero también conservo de aquel infierno helado
unos pocos recuerdos hermosos, cuya luz
inextinguible siempre me acompaña y me salva:
una vez por trimestre me daban el aviso
de que había venido mi madre a visitarme.
Yo acudía corriendo a la sala sombría
en la que me esperaba. Y, tras abrir de golpe
la puerta, la veía. Era verdad, era ella,
joven aún, bellísima, cerca de mí, a mi alcance,
llena de abrazos, besos, risas, dulces palabras.

Autor: ELOY SÁNCHEZ ROSILLO

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