Los comerciantes de mi barrio

En el andén del metro de la L2 me he encontrado con un hombre viejo que con el rostro inusitadamente demacrado, cojeando de manera aparatosa, y vistiendo el mismo traje raído de antaño, se movía inquieto esperando el vagón que, canalla, ha tardado en llegar.

Nos conocemos pero no nos hemos saludado. No es raro que personas conocidas se rehuyan y permanezcan agazapadas e incómodas una junta a la otra. El susodicho es el tostadero de mi barrio, un hombre soltero y taciturno, de vida extrañamente austera y cuya profesión forma parte de aquellas que, obsoletas, el tiempo ha ido arrinconando. ¿Quién necesita hoy que le tueste el café un viejo decrépito cuando las azafatas de las cápsulas del Clooney lo hacen con una diligencia encomiable y una cortesía de exquisita urbanidad burguesa?

Pero volvamos con el viejo tostadero, que tenía un negocio a la vuelta de la esquina de mi casa y donde mi madre me encargaba siempre la comprar el café y unas galletas. El olor intenso, recién molido y misteriosamente mezclado en la trastienda junto con las artesanales galletas extraídas con pinzas de un recipiente de vidrio que permanecía herméticamente cerrado. Era todo un ritual que yo miraba silencioso, extasiado y que él ejecutaba con oficio. ¡Qué negocio más extraño! Fue, precisamente, de los últimos en sucumbir, seguramente por intentar su dueño estirarlo hasta la jubilación. Toda una vida mezclando distintos cafés, moliendo el grano, vendiendo galletas.

Otros comerciantes de mi barrio sucumbieron mucho antes. La tocinería que una noche ardía y cuyas paredes ennegrecidas aún recuerdo, la juguetería absurdamente señalada por los vecinos que cerraba los sábados al ser sus dueños judíos o las legumbres de Marcelino de quien fascinaba tanto sus sumas de memoria sin descontarse un céntimo como la voluptuosidad de su rubia esposa, guapa a rabiar. O, también, la bodega de Carmelo que se hizo rico con las colas y fantas y los berberechos de los vermuts de los domingos. O la pastelería donde todas las mañanas miraba encandilado bollos y pasteles que sólo excepcionalmente los domingos primeros de mes podíamos comprar.

proyector cine nic

Y la juguetería Cucú donde poco a poco reunía mi filmoteca de rollos de Cine Nic, un proyector de hojalata que era pura artesanía Meliés frente al todopoderoso Cine Exin

Todos los comerciantes de mi barrio sucumbieron. Unos antes, otros más tarde. Marcelino es el local social de un centro gallego, la bodega de Carmelo es ahora un bar regentado por sus hijos díscolos, la pastelería un locutorio y la juguetería una oficina de la Caixa.

Ya nada es igual. Algunas noches puedo llegar a oler el café torrefacto mientras el rostro de la mujer rubia de anchas caderas y piernas esbeltas, bella, bellísima como Magnani, deposita un beso en mis labios. ¡Que jodido el bribón Marcelo! el muy canalla se beneficiaba una mujer de bandera y a buen seguro alguna cuenta no fue perfectamente matemática o algún cambio no me llegó completo.

En estos tiempos sombríos de presente triste y futuro incierto la economía será finalmente rescatada. Me pregunto entonces, ¿quién nos rescatará a nosotros? ¿Quién recordará nuestra memoria?

Internet es increíble, He conseguido una de las películas que una y otra vez, en la oscuridad de mi infancia solitaria, proyectaba en la pared de la habitación con la linterna de los hermanos Nicolau Griñó. Es la historia de la recolección del algodón.

http://www.youtube.com/watch?v=5LH7KlspHQw&list=UUurg-BJOrWw1UOLbXlNsT3g&index=26

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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One comment on “Los comerciantes de mi barrio


  1. ¡Maldita nostalgia!
    Yo crecí en Barrio Sésamo, proyectando en cinExin, dibujando en telesketch, recortando mariquitas, saboreando los veranos con helados Miko, untando Nivea clásica y oliendo castañas asadas.

    Preciosa historia la de tus recuerdos…

    Dudo que la infancia de los niños de ahora sea rescatada con tanta melancolía. Quizá sobre los asientos de las naves espaciales, pero no las mágicas de Mèliés que volaban a la luna. Ésas ya nadie las recordará de un tiempo a esta parte.

    Abrazos de los de siempre, de los que no pasan de moda.

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