Tengo un hermano que se llama Jorge (II): episodios

“Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad” (Pearl S. Buck)

1979 Javier y Jorge en fiesta navideña

1)   De cuando en el Pirineo de Huesca mi hermano demostró muy mal perder al derribarme burdamente en un partido de fútbol donde yo iba a meter un gol espectacular estilo Messi y él, adolescente imberbe con novia valenciana de anchas caderas y senos firmes de nombre Julia presenciaba atónita el partido y lo pésimamente que jugaba su novio. A resultas del encontronazo perdí medio diente y Julia se casó años más tarde con un maestro fallero.

2)   De cuando en el tren expreso viajábamos con un cassette Sony que aquella misma tarde habíamos comprado en Coesa (la cadena de electrodomésticos que unos años más tarde hizo suspensión de pagos). Hicimos todo el viaje –de doce horas largas- con una única cinta –la primera, que compramos con el aparato-. Era “Mediterráneo”, de Serrat, pero no sabíamos entonces que las pilas no eran Duracel y que adelante y atrás todo el rato hacía que Joan Manuel, desde los Monegros, tuviera una voz lánguida y distorsionada, curvada y retorcida como si de un personaje de Munch se tratara.

3)   De cuando en el Pirineo de Lleida (Cabdella) mi hermano insistía en subir por un camino imposible, con mala predisposición por mi parte pues era dificultoso, peligroso y cansino. Tan difícil era superar los peñascos y coronar la cima que, accidentalmente, mi hermano que iba delante desplazó una gigantesca piedra que esquivé milagrosamente. Si la cosa hubiera ido a mayores ya bien podéis saber quien era Caín y quien Abel.

4)   De cuando la noche del 23-F estuvimos en la casa que mi padre había alquilado junto con otros crápulas separados jugando hasta bien entrada la madrugada al domino. Yo tenía diecinueve años y no era consciente del momento histórico, sólo me importaba ahogar el doble seis. Y que mi padre no se escaqueara de abonar la compensatoria. El club de separados cerró poco después: uno volvió con la esposa, otro se compró toda la discografía de Julio Iglesias y se hizo cajero en un bingo elegante del centro de Barcelona y mi padre se echó una novia de elegante gusto y modales rudimentarios que convirtió a mi madre en una verdadera señora.

5)   De cuando una tarde de no sé que mes de no importa que año unas chicas nos dieron plantón a mi hermano y a mi en pleno Passeig Sant Joan; él conquistador ruborizado y yo perdedor infatigable. Siempre me quedó la curiosidad por saber cómo eran exactamente; yo siempre he creído no que no se presentaron, sino que al vernos desde lejos rehusaron ir más allá. Chicas, saber que en la distancia corta ambos hermanos ganamos (sobre todo yo) y que vuestro olfato os hizo “perder” una loca historia de sexo con amor. A resultas del ligue abortado aquella misma tarde-noche, ya en casa, vi “Las uvas de la ira”. No hay mal que por bien no venga.

Hay más episodios (la Nochevieja que Charlie se fugó de casa, la tarde que mi madre aporreo a martillazos la bicicleta, la boda de nuestro vecino Diego, las noches de agosto en el piso de la calle Fluvia…) pero el año que viene, cuando Jorge cumpla un año más, os los explicaré. Felicidades, hermano, que te veo de reojo leyendo estas tonterías.

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