Un fantasma recorre (todavía) hoy el sur de Europa… La huelga (Eisenstein, 1924)

Sinopsis: Cuando los obreros de una empresa metalúrgica de la Rusia zarista deciden convocar una huelga por sus miserables condiciones de trabajo, los directivos, aliados con las fuerzas del Gobierno, se ponen en acción para evitarlo y boicotear sus actividades. La violencia se desata cuando uno de los pequeños líderes de estos obreros muere en extrañas circunstancias. Sus compañeros, indignados, toman las calles en masa para protestar por ello. Muy pronto, van a ser salvajemente atacados por las fuerzas del Zar…

Sergei Mijailovich Eisenstein fue uno de los grandes directores de la Escuela Rusa de la primera mitad del siglo XX junto a Pudovkin, Kulechov y Dovjenko. De formación teatral y estudioso de la narrativa de Charles Dickens, fue uno de los más grandes teóricos del cine de la historia y un maestro del montaje, del que haría la base de la estética de sus filmes. Épico y barroco y a la vez lírico, Eisenstein narró grandes epopeyas en las que el protagonista solía ser coral y se levantaba contra la opresión a la que querían someterlo, ya fuese la de los zares, la de los terratenientes mexicanos o la de los invasores de la Rusia mítica del pasado (los teutones o los tártaros).

La huelga (1924), su primera cinta, fue concebida como una entrega más de una serie de obras sobre la implantación del marxismo-leninismo. El filme es una llamada a la cohesión de todos los trabajadores oprimidos sean del sector que sean contra el poder capitalista. La obra, sumamente teatral, presenta excelentes escenas de acción unidas por un montaje dinámico y muy ágil que aporta significación y, además, contiene ya todo el poder metafórico y simbólico del que su autor hizo gala con gran originalidad. La escena cumbre tal vez sea la de la matanza del ganado, comparada directamente con la matanza del pueblo (comparación que recuerda a la que Chaplin haría en la posterior “Tiempos modernos” con los obreros y las ovejas). Hay otros efectos también geniales como los de los cuerpos reflejados en los charcos de la fábrica, sumida en la miseria. La ambientación, muy oscura y sucia, está así mismo muy conseguida, y, por supuesto, destaca en “La huelga” un manejo de las multitudes ante la cámara simplemente soberbio. El protagonista no es un solo individuo, sino todo el pueblo.

Pero los logros son sólo exclusivamente técnicos. Argumentalmente, como todo filme de propaganda de cualquier ideología, no hay por donde cogerlo: narra una ridícula y maniquea historia en la que el bien absoluto lucha contra el mal absoluto, representado el primero por obreros pobres y sufridos y el segundo por ricos opulentos y malévolos hasta el esperpento.

La visión política e ideológica de La huelga es, seguramente, simplista y ha envejecido desde su estreno en 1925. El contexto histórico es fundamental para comprenderla en su integridad. Pero su poder visual no se ha desvanecido y es rabiosamente actual, perennemente a la vanguardia.

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